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La resiliencia en el desarrollo humano puede jugar un papel crucial cuando una persona en la edad adulta tiene que hacer frente a un trauma y a su manera de gestionarlo, pero… ¿Qué es la resiliencia? ¿Qué papel juega en todo esto la infancia?

En palabras de Boris Cyrulnik, neurólogo y psiquiatra francés: «la resiliencia supone iniciar un nuevo desarrollo después de un trauma»

La resiliencia es la habilidad de superar una experiencia traumática, recuperarse frente a la adversidad y poder proyectarse en el futuro. Se empieza a construir desde que somos pequeños y está relacionada directamente con nuestra personalidad. Desde un primer momento es la madre, la figura de apego principal, la que debe sentirse segura y trasmitir esa seguridad al más pequeño.

Por el contrario, si un niño crece vulnerabilizado tendrá más problemas para construir su resiliencia y por consiguiente le será más difícil afrontar una experiencia traumática en el futuro. Esta vulnerabilización puede venir dada por dos factores: la violencia conyugal, peleas que tiene la pareja que afectan indirectamente al niño y por otro lado la precariedad social, en situaciones complicadas los padres no están disponibles.

Cyrulnik habla del término segurización: «vivimos en la cultura del sprint, donde nuestro ritmo de vida conlleva un alto nivel de aceleración. Es importante ralentizar, parar y estar son sus hijos. Si aumentamos la ralentización, aumentará la seguridad en los niños que tendrá una consecuencia directa en el aumento de su autoestima que ayudará al más pequeño a mejorar sus habilidades».

Es importante tener en cuenta que durante toda la vida se darán diferentes problemáticas que, dependiendo de cada persona, se afrontarán de una forma u otra. Algunos problemas, por ejemplo, son como afrontamos los cambios de rol, como la pérdida de empleo o un divorcio y por otro lado como afrontar un duelo tras la muerte de un ser querido.

En estas circunstancias distintas, donde cada persona puede abordar y afrontar de diferentes maneras, es donde entra en juego la resiliencia. Si una persona ha crecido en un entorno seguro y ha sido reforzada, antes del suceso, durante el desarrollo, será más difícil que ese acontecimiento pueda derivar en un trauma. En cambio si durante la infancia se vulnerabiliza al niño, ya sea por la violencia conyugal, por vivir en precariedad o no permitir que el niño exprese sus emociones, entonces el suceso puede herir y causar un gran problema.

Cuando vivimos un trauma se sufre, pero si desarrollamos correctamente la resiliencia, sufrimos sobre lo real que poco a poco se irá desvaneciendo. Afrontar un trauma sin seguridad nos dejará anclados en el pasado donde el sufrimiento se verá agravado pudiendo derivar en depresión.

Los cambios de rol pueden derivar en depresión como resultado de una pérdida importante para la vida de una persona.

¿Qué significa que una persona puede acabar con depresión por una transición de rol? Cuando esto ocurre la persona tiene dificultades para afrontar cambios vitales. Las personas tenemos múltiples roles en el sistema social, y estos roles se solapan con nuestra identidad.

Los roles y el estatus que van asociados a ellos tienen influencia directa en la conducta social de cada individuo y en sus pautas de relación interpersonal. El deterioro del funcionamiento social suele darse en respuesta a demandas de adaptación rápida a roles nuevos especialmente si los cambios se experimentan como pérdidas.

Existen diferentes tipos de pérdidas que pueden ser aparentes, como un divorcio, o pueden ser más sutiles, como la pérdida del tiempo de ocio tras nacer un hijo. Otros ejemplos de pérdida sutil son la jubilación, mudarse, cambiar trabajo, emanciparse, los cambios económicos y los cambios de roles familiares por enfermedad o nuevas responsabilidades.  

Las transiciones de rol más frecuentes se dan con la progresión hacia una nueva fase del ciclo vital. Estas transiciones son normativas ya que los cambios que se producen son esperables al formar parte del ritmo de crecimiento, del desarrollo biológico o por patrones sociales y/o culturales.

Ejemplos de transiciones biológicas normativas son la adolescencia, el nacimiento de un hijo, el final de la edad fértil o el declive de la capacidad física como causa de la vejez. En las transiciones sociales se incluyen acceder a la enseñanza secundaria o universitaria, irse del hogar paterno por primera vez, casarse, pérdida de empleo y jubilación.

Es importante poner en relieve que la mayoría de transiciones no son buenas ni malas por sí mismas y que generalmente conllevan tanto ventajas como inconvenientes. Cuando una persona se encuentra con depresión, localizará los aspectos negativos del cambio y probablemente no van a ver los beneficios que potencialmente pueda entrañar esta transición de rol.

Las personas que tienen la sensación de estar fracasando en un nuevo rol o a las que no les satisface el rol o su estatus pueden desembocar en una depresión. Estas dificultades suelen estar relacionadas con ideas que se tienen sobre el nuevo rol y es en terapia donde deben aflorar intentando que se busque sistemáticamente lo que el cambio significa para la persona.

Dentro de los síntomas habituales en el proceso de duelo, podemos destacar el aturdimiento o la confusión entre otros. Para entender este proceso debemos comprender, en primer lugar, la importancia que tienen las relaciones sociales para las personas.

Las relaciones personales cercanas tienen un papel enormemente significativo ya que nos permiten regular el cuerpo, la mente y dan significado al mundo en el que vivimos.

Si tenemos que hacer una clasificación de las experiencias más devastadoras que podemos vivir a lo largo de nuestra vida, sin duda en los puestos más altos estará perder a un ser querido.

“El duelo es la pérdida de la relación, la pérdida del contacto con el otro, que rompe el contacto con uno mismo. Es una experiencia de fragmentación de la identidad, producida por la ruptura de un vínculo afectivo: una vivencia multidimensional que afecta no sólo a nuestro cuerpo físico y a nuestras emociones, sino a nuestras cogniciones, creencias y presuposiciones, y a nuestro mundo interno existencial o espiritual”- Alba Payàs, 2010.

Vivir un duelo es un proceso natural en donde se oscila entre mecanismos de afrontamiento, que nos permiten ponernos en contacto con el dolor provocado por la pérdida del ser querido, y mecanismos de defensa para alejarnos de ese dolor.

Cuando la pérdida es reciente nuestra mente no funciona como lo hacía hasta ahora y la siguiente pregunta puede venir a nuestra cabeza; ¿Me estaré volviendo loco/a?

Es posible que lo parezca ya que no recordamos cosas que han pasado, perdemos objetos, nos encontramos confusos o inquietos. La concentración ha disminuido notablemente ya que nos cuesta leer o incluso ver las noticias. Los altibajos son continuos, parecen estar fuera de nuestro control…  es como sentir que lo que nos está pasando no parece normal.

Pero todo esto es normal dentro del proceso de gestión de la pérdida: es lo que llamamos desrealización (desconectarte del entorno) y despersonalización (desconectarte de ti mismo). Es importante concedernos tiempo para estar así. Es como si se le hubiera dado un golpe fuerte a nuestro cerebro y se encuentra en estado de choque. Estas sensaciones son las respuestas a ese choque que acaba de sufrir el cerebro.

Mediante el autoconocimiento trabajaremos en terapia una nueva forma de entender estos síntomas que pueden llegar a resultarnos limitantes y confusos.